miércoles, 10 de abril de 2013

El mayor miedo de una rana


El mayor miedo de una rana
Por Gabriela Ramírez

En un pequeño lago, con un pequeño niño, una rana se encontró. Asustada intentó huir, pues sabía que los pequeños niños sólo daño sabían hacer. Saltó cinco veces hacia el lago tan rápido como sus patas se lo permitieron. Pero el pequeño niño tenía patas más largas, y en dos zancadas estaba en su camino. La miró con la malicia que ella tanto temía, y abrió sus manos mientras extendía sus brazos hacia ella. La rana quedó petrificada del miedo, no podía moverse. El niño se acercó lentamente, mirándola a los ojos. La respiración de la rana se aceleró, su corazón palpitaba más rápido que nunca. Conocía esa mirada, temía esa mirada. Desde que era un renacuajo había sabido evitar esa mirada. Pero ahora, de frente con su mayor temor, no era capaz de mover un solo músculo.
Entonces el pequeño niño la tomó en sus manos. Ella intentó saltar hacia cualquier lado pero era demasiado tarde. La alzó frente a su cara y entonces ella pudo ver su verdadera expresión. No era la de malicia, era simple curiosidad. Entonces la rana se dejó contagiar de esa curiosidad y lo miró con intensidad. Aquellos extraños atuendos de colores que le cubrían, aquél pelo que sólo cubría su cabeza, ese horrible olor a jabón y esa suave piel que no debía proteger ni contra el frío ni contra el viento. Sintió sus débiles uñas y cuando el niño sonrió, observó sus pequeños dientes, con los cuales jamás podría siquiera rasgar la carne.
Entonces sintió compasión por aquel pequeño niño que la sujetaba, compasión por aquel ser tan extraño que era el humano. Y así como el niño le contagió su curiosidad, ella le contagió su compasión. Con la mayor suavidad posible, el niño se dio la vuelta y la bajó frente al lago. La puso sobre una piedra y por unos últimos instantes se miraron. Ella ya no estaba petrificada, sólo tranquila y confiada. Él ya no tenía aquella malicia, sino más bien cierta empatía.
Con un suspiro y un gran salto, se zambulló en el agua, no sin guardar en sus recuerdos aquella extraña criatura que la había sujetado con quien había por fin conectado.

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